Respeten sus progreleyes y no sean contradictorios censurandome.

El Congreso no promulgará ninguna ley con respecto a establecer una religión, ni prohibirá el libre ejercicio de la misma, ni coartará la libertad de expresión ni de la prensa; ni el derecho del pueblo a reunirse pacíficamente y de pedirle al Gobierno resarcimiento por injusticias.
(Primera Enmienda de la Constitución de los EE.UU., ratificada el 15 de diciembre de 1791.)



Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

Articulo 19 de la Declaración Universal de los Derechos humanos, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de Diciembre de 1948 en Paris.



- 1. Toda persona tiene derecho a la libertad de expresión. Este derecho comprende la libertad de opinión y la libertad de recibir o comunicar informaciones o ideas sin que pueda haber ingerencias de autoridades públicas y sin consideración de fronteras.

-2. Se respetan la libertad de los medios de comunicación y su pluralismo.

(Artículo II - 71; Título II concerniente a Libertades del Tratado para el que se establecia una Constitución Europea)

sábado, 30 de enero de 2016

Sueños locos LVII (Atentado en Buenos Aires)






 Otro día más caminando por la calle Florida hasta Plaza San Martín y de ahí a las paradas de colectivo de Retiro. Otro día más perdido en medio de turistas, inmigrantes empobrecidos, abogados, gente de oficina y otras porquerías. Otro día más, otro día más, otro día más. Más otro día y otro y otro más y muchos más, muchos pero muchos más...

  A fuego lento, a amor constante, a tarde plena, plena tarde de sol y vidrieras que espejan lo mucho que uno debería ser. Y plásticos y números por todos lados. Números, muchos números y pocos nombres. La juventud pierde la vida trabajando más de doce horas al día en esos muchos negocios que copan las calles del Centro. Yo caminaba como abstraído de eso. Sabía que era libre en mi hambre, en mis necesidades. "El más rico no es el que más tiene sino el que menos necesita". Claro. Soy un compilador de lugares comunes, un repetidor de frases hechas. Obvio. Atesoro todo, todo. Soy así, un conservador de mierda. Porque va a llegar el día en que un par de imágenes sirvan para reemplazar al diccionario de una buena vez por todas. Y ahí la chusma del siglo va a descargar pollos, penes, vaginas, pizzas y desodorantes por un tubo que atraviese los edificios. ¿Para qué hablar si se puede tocar una pantalla para llenar el estómago, vaciar los testículos y colapsar el cerebro de series y películas que a su vez muestren a otros tocando una pantalla para llenar el estómago, vaciar los testículos y colapsar el cerebro de series y películas que a su vez muestren a otros tocando una pantalla para llenar el estómago, vaciar los testículos y colapsar el cerebro de series y películas que a su vez muestren a otros...?


  ¡Ay, ay, cómo te extraño! Díganle que la amo. ¿Ya lo dije antes? ¿Déjà vu? ¡Cómo si no fuera repetido tanto de nuestra vida cotidiana! A no ser que siempre comamos algo diferente y que todos los días durmamos en un lugar distinto. ¿Tal vez? No sé por qué pero esa tarde porteña de luz tibia y miradas fatigadas pensaba que podía morirme. Quería dejar un testamento con lo único que tengo: sentimientos. Tal vez no sirvan para nada pero bueno, es mi única herencia. Me acuerdo cuándo la conocí. Tan linda como siempre. Y yo ahí, en ese nuevo ahora rodeado de viejas cargadas de bolsas; viejas indias que venden chucherías made in China y viejas gringas que compran cosas criollas con la equívoca creencia de que acá somos todos gauchos de a caballo. Yo, risas, puras risas. Confieso que alguna rubia destilada y destetada me ha mirado en ese trayecto duro de repartidores de volantes, arbolitos, promotoras y agentes de viaje. "Cambio, cambio". Sí, siempre cambio, siempre el cambio. No importa que cambiemos esta vida por una muerte segura. Hay que cambiar. Siempre. Es la sociedad enferma que vive para cambiar monedas. Y bueno, yo con mis bolsillos vacíos. Algún ladrón me habrá sacado los pocos pesos que tenía para comprar algo de comer. Las manos se meten con arte en las peatonales inundadas de almas pecadoras. Y sí, yo, yo, yo. Condenado a repetirme y a parirme al infinito. Sepan perdonar la densidad pero así es la City.


  Los curriculum a la basura. Las agencias te toman: te toman la sangre y luego te tiran como una cascara de naranja. Te chupan hasta la última gota del jugo de tus pelotas. Es llegar a casa sin siquiera tener ganas de masturbarse. "Ganarse la vida" es un eufemismo para esa muerte cotidiana que es trabajar. Y así todas las cosas. Las idiotas de Recursos Inhumanos, mis enemigas eternas. Querría tener sexo con ellas hasta que sus anos queden secos como si las estuviera destripando con mi gancho de venas. Odio a las bobas de escuela y universidad privada que deciden tu suerte en base a tu color de piel, tu lugar de residencia, tu apellido, tu estatura y el tono de tus dientes. Y, cuándo no, cuando todo parece ser la viva imagen de la mierda que es Occidente, te inventan que no das con "el perfil". Y sí, la testosterona y los sesos activos pecan contra la obediencia que requieren esas corporaciones de chupasangres. Si Jesús se enfrentó a los vendedores del Templo, yo me enfrento con aquellos que directamente te venden el Templo con Dios y los creyentes adentro; yo aborrezco a esos que por un poco de vil metal te entregan a la madre, al Papa, al rabino y al cerdo de Obama servidos en una misma bandeja. Y sí, "te vamos a llamar", te dicen con su aliento a semen. Y no llaman nunca, nunca, nunca. Y cuando llaman, "das para este puesto pero queremos disponibilidad total porque son horarios rotativos. Ese es el problema que tenemos con la gente que estudia. Igual, te vamos a tener en cuenta para otra búsqueda. Gracias por venir". Y sí, resulta que quieren jóvenes que trabajen cuando todos duermen y que a su vez puedan rotar por todas las sucursales de Capital y Provincia. Gente que pueda entrar a mulear a las dos de la tarde un día y que al otro pueda ingresar a las seis de la mañana con la posibilidad de hacer triple turno. 


  "Cambio, cambio", gritaban todos esos bobos que trabajan para especuladores. Cuevas de ladrones. Nada qué hacer. Miré Galerías Pacífico con desdén. ¡Toda la plata que hay ahí y la gente muerta de hambre! Igual, yo estaba estancado en la zanja de mis pensamientos inmundos: San Pablo dice que tener sexo con una ramera es formar una sola carne con ella. Yo digo que masturbarse es hacerse una sola carne con uno mismo. Y eso, mal que mal, es algo sagrado. "No mezclarás tu sangre con la de otro". Es racismo llevado hasta el extremo, es sectarismo del egoísmo, locura total. Porque yo no me acuesto con otra gente que no sea yo. No me contamino con sus esencias, pensamientos, miradas, olores, pieles, sudores y ropas. Soy yo. Siempre yo. Y las fantasías que tengo con esa mujer imposible a la que, obvio, le daría todo mi ser en cuerpo y alma. Pero ella me da nada más que su alma. Y su cuerpo, claro. Porque me quiere, se siente y me habla; me consuela, me alienta y me inspira. Pero no me da la parte hueca de... Entonces no penetro en lo más íntimo de su corporalidad. Somos ángeles. Dispongo de sus oídos pacientes y de sus labios santos, no es poca cosa. Confieso que su Gracia me basta. Ella me llena. Su compañía suple todas mis carencias. Cada vez que me mira a los ojos, cada vez que me aconseja no aflojar, siento que renazco con la fuerza de la verdad revelada, con el poder del Dios vivo y eterno, del sol victorioso que se alza en el Oriente. Pero sí, hay algo de mí que busca perpetuarse en muñecos y muñequitas de barro, barro de sus entrañas, de su sangre azul. Y yo, que sé que me voy a hacer vapor para luego acabar en las nubes, bien arriba, arriba del bien y del mal...


  Con esa bola de pensamientos enfermos, con esa bolsa de resentimientos y frustraciones, con la risa de los mártires y el sudor de los condenados que se resignan, dejé atrás Avenida Córdoba. A lo lejos atisbé los árboles de Plaza San Martín. O tal vez los imaginé. Comencé a sentir claustrofobia al verme encerrado en un cuarto de cuerpos húmedos, un cuarto de seres humanos transpirados, con olor y miradas de desprecio dirigidas a mí. Cada corriente demográfica que se transporta en una peatonal es como un ascensor horizontal. Invasiones bárbaras de saco y corbata, piratas de la internet y los negocios, cruzados de las empresas. ¡El horror, el horror de ver arder Roma y no poder hacer nada! Un estadio quemado por su propia gente, un descenso a los infiernos y una casa bañada en sangre. Los viejos del Senado en el baño, con el perpetuo propósito de deliberar el asunto de mantener sus privilegios vitalicios. Así las rentas, los campos y los honorables y delirantes montados en caballos de metal en los cuales montan yeguas supremas de los prostíbulos más caros de Buenos Aires. Luces, copas, tacos y mesas que golpean el techo.


  Un ruido de fondo. Mucho humo. Tal vez del otro lado de la Plaza San Martín, pasando la Cancillería. No sé. Escuché una explosión y vi una columna gris que envolvió la Ciudad como si fuera un fantasma que intenta poseer el cuerpo de una víctima débil. Las sirenas empezaron a cantar como si unos marineros ingleses quisieran violarlas (cantaban de placer, obvio, porque son hijas de cipayos). En Avenida Santa Fe, vi cómo todos los coches particulares se convertían en vehículos oficiales: las balizas pasaron a los techos como por arte de magia. Me di cuenta de que la mitad del parque automotor argentino le pertenece a las Fuerzas Armadas y de Seguridad. Frente a mí, pasó en contramano un sedán bordó con cuatro tipos sentados y un gordo atravesado que tenía los pies casi en la luneta y la cabeza en el parabrisas. Los cinco efectivos gritaban y reían en medio del ridículo desesperado de una emergencia muy bien montada. De la nada aparecieron helicópteros, aviones, grupos comandos, francotiradores, asesinos a sueldo, policías, motociclistas, paracaidistas, perros adiestrados, periodistas, médicos, enfermeras, enfermas y políticos. Vi chicas llorando con pancartas escritas de antemano. Los que me rodeaban, en apariencia simples caminantes urbanos, comenzaron a gritar "¡Justicia!". Las cámaras de televisión estaban por todos lados. Me empujaban las adolescentes pagadas para este espectáculo inmundo. Todos querían acercarse al lugar de los hechos. Se decía que un auto estalló y mató a cinco personas. La chusma aplastaba a los débiles, a los que caían en la desesperación de un escape incierto hacia adelante. Sí, querían escaparse hacia el lugar donde estaban los cadáveres, muy bueno. 


  Alcancé Alem a las corridas. Un policía apostado en un retén me guiñó el ojo. No entendí qué quiso decir. No podía circular ningún vehículo que no fuera estatal. Los civiles eran parados y requisados. Conmigo hicieron la excepción. ¿Será que me vieron muy tranquilo en cuanto a rostro? Yo corría simplemente para alejarme de la masa, no por miedo. Una vez en Avenida Libertador, un tipo de traje me paró un instante, me miró con mucha atención, me revisó y me dijo: "No pares de correr. Con vos voy a hacer una excepción porque de acá no va a salir nadie. Tuviste suerte, flaquito. Se ve que sabías lo que iba a pasar. ¿Cuánto te pagaron por hacer de extra?" Me sorprendió la pregunta. "No, señor. No sé de qué habla. Yo corrí rápido ni bien vi que comenzó a juntarse gente en Florida. Quiero irme a mi casa. Después me enteraré qué pasó. No soy chusma. Le pido por favor que me deje ir. No me quiero clavar acá. No soy terrorista. No tengo pinta de árabe." El hombre de anteojos negros se río y me dejó ir con la sola condición de que no me pare a hablar con nadie de ahí hasta la Biblioteca Nacional. Me pidió que corra y que calle, que él ya había dado la orden para que "dejen pasar a un pibe de pantalones rosas, camisa azul, pelo largo oscuro y barbita". Fue muy gracioso porque yo corría con fuerza hacia el norte y todos los uniformados me tocaban bocina, me levantaban el pulgar o me sonreían. Uno subido a un caballo dijo "este debe ser sobrino del Comisario Pérez". No me importó. Yo tenía que salir de esa confusión. 

  Y sí. Se dijo a la medianoche que fue un atentado del grupo fundamentalista islámico ISIS. Se llevaron presos a un par de tipos de una mezquita de San Cristóbal. Nada en especial. Más de lo mismo. Otro día más caminando por la calle Florida hasta Plaza San Martín y de ahí a las paradas de colectivo de Retiro. Otro día más perdido en medio de turistas, inmigrantes empobrecidos, abogados, gente de oficina y otras porquerías. Otro día más, otro día más, otro día más. Más otro día y otro y otro más y muchos más, muchos pero muchos más...

domingo, 24 de enero de 2016

Sueños locos LVI (Amalia Granata y Matías Alé)

 


Todavía no se había ido el sol. Algunos rayitos iluminaban la tarde que pronto sería una noche apacible del verano. Más de lo mismo. O eso pensaba yo en mi andar por la insolvencia crónica. Por mucho que las mujeres digan que miran el interior y que lo de afuera no importa, por mucho que las mujeres desmientan el "billetera mata galán", todos sabemos que poderoso caballero es Don Dinero. Ellas buscan billetes y nada más. Sí, de vez en cuando pueden desear sexo pero no es algo que les quite el sueño. Si su placer está en el clítoris, ¿por qué habrían de querer que un nabo las cabalgue durante horas? No tiene mucho sentido. Claro que no. Hay que ser muy racionales con este asunto. Las tipitas se muestran interesadas para que los varones vayan directo al matadero de su libertad. Y así van los bobos a pagar placeres venales, revientes de la carne. Es esa sensación de liberación que tanto esclaviza: las venas del pene que se hinchan hasta el infinito y los testículos que vomitan semen para no quemarse y colapsar el propio cuerpo. ¡Oh, qué cosa! Los más corren por esa animalidad. ¿No lo pensaron nunca? El absurdo de verse reflejado en un espejo que envuelve el sinsentido de uno en un abrazo frío, desprovisto de toda caricia o mirada a los ojos. Es una coreografía muchas veces ensayadas por arpías y embaucados de todas las razas. Lo patético se cae en el sudor maldito que recorre la frente y que luego salta al cuello y al abdomen, como esa leche derramada que nadie llora, excepto algún mezquino dios judío que quiere hasta la última gota de su creación para seguir expandiendo el linaje de Adán sobre la Tierra. Onanismo compartido. 

  Caminaba idiota por la tarde de olvido y sinrazón, por la calle del fracaso y la anonimia; todo bajo la escucha atenta de un silencio cómplice de malos pensamientos y envidias vanas, resentimientos varios. Porque resentir es sentir dos veces. Y yo sentía más de una vez el verme excluido del mercado de la seducción, de esa gran bolsa de comercio sexual que es la cama. Mis acciones, siempre a la baja. Houellebecq estaba allí. Igual, yo pensaba así antes de haberlo leído. Sépanlo. Yo lo leí a fines del 2014. Y mis textos son de larga data. Se sabe que escribo para no salir a robar, para no ser un marginal que justifique a los zurditos que a su vez justifican a los ladrones: "Pobrecito, sale a robar porque no tiene plata, porque el Sistema lo excluyó". Ah, muy bien. Y yo, que no sé si podré comprar Sumisión. ¡Horror, horror de no tener! ¡Ser pobre, ser pobre! ¿Qué se siente? No sé. Tengo hambre. No puedo pensar. Sólo lamentar. Soy un peligro para la sociedad, un psicópata, un enfermo, un loco, un criminal en potencia, un revanchista, un reaccionario, un clasista, un aparato, un nabo, un perejil y toda la ensalada de conceptos que se resumen en "los comunistas nazis" que ven los burgueses por todas partes. ¡Obsesión!

  Sí, yo caminaba un barrio de la burguesía porteña sin tener una tarjeta de crédito en el bolsillo. Tampoco contaba con efectivo. Solamente llevaba encima la SUBE para viajar en colectivo. Recuerdo que en las horas de sol sentía antojos de comer un helado o tomarme una gaseosa en un bar. No podía. Era pobre (y lo sigo siendo). En casa había comido un plato de arroz con un huevo frito. Y me sentí dichoso por eso, ¡qué loco yo! ¡Con poco se conforma el humilde! Así y todo, con esta austeridad franciscana que me fue impuesta por la religión de la vida, religión de la que no se puede apostatar so pena de caer en ese pecado mortal que es el suicidio, yo padecí al pasar por una pizzería. Un olor exquisito me hizo crujir el estómago. Una de jamón y morrones hubiera estado bien. Pero no tenía. Nunca tenía un peso. Y sí, los macristas te mandan a trabajar pero jamás te dan un trabajo. Ellos te dicen "métete en CompuTrabajo o en ZonaJobs. Seguro que te van a llamar de algún lado". Y no llaman. No llaman. ¡No llaman! ¡NO LLAMAN! O te llaman para lavar platos por un sueldo miserable. Te explotan muchas horas y te tratan mal para que te canses y no vayas más. "En la Argentina no trabaja el que no quiere. Laburo hay. Pasa que hay que tener ganas de progresar. Se empieza de abajo". Sí, se empieza de abajo y se sigue ahí siempre. A menos que te conviertas en buchón de la empresa y entregues compañeros a la dictadura de los gerentes, raza maligna, puta y amarga si las hay. ¡Malditos sean todos los gerentes y sus esposas! 

  Barrio de casas bajas cortado por algunos edificios bien paquetes. Chetos y chetas a cagarse. Veía ante mí a las mujeres más lindas de la Argentina. Sensuales, limpitas, perfumadas, bien vestidas, elegantes. Se las notaba radiantes, maquilladas con glamour, desesperadas de éxitos. Todas con los cabellos lavados y la piel cuidada. Ninguna desdentada. Los tipos también estaban bien. No todos, porque había unos cuantos vejetes ladrones de cunas. Pero los chicos pintaban de la mejor manera: buena pilcha, auto, fachita, sonrisa americana y cero preocupaciones. Muchas cabezas rubias alrededor. Un jardín en cada esquina. No había ningún bar sino un "restó" a cada paso. After office. Y yo, que nunca laburé en una oficina. Yo, el pibe de barrio que despachó nafta, limpió pisos y refregó retretes, miraba angustiado lo que nunca voy a tener: la magia de salir de casa y encontrarme con una beldad que me espera para un paseo en coche. Los jóvenes estallaban las veredas. Todos y todas se encontraban para el delirio hormonal, para embriagarse en el licor profundo de las venas, en los tragos experimentales de la lujuria más sofisticada, lujuria de aura importada y cuerpo de exportación. ¡Oh, el ardor de lo que veo y no toco!, exclamaba yo en mi interior pero con una serie de imágenes burdas: me impactaban las polleras apretadas y cortas contra las piernas bronceadas y las nalgas explosivas; me deslumbraba con las tangas marcadas y los corpiños rebosantes de pechugas jugosas, pechugas celestiales. Imaginaba qué fácil sería penetrar a esas chicas arriba de una de las mesitas de esos lugares que te cobran medio sueldo por comer una lechuga frita en manteca. Con solo levantar el manto de piedad, podía meterme de lleno en los templos subterráneos de esas diosas ardientes de misterios y sensaciones.

  Harto. Estaba harto de ver y no poder tocar. Yo fui criado con el "se mira y no se toca" que se le dice a los niños pobres. No podían comprarme nada. Bah, exagero: era la época de Menem y ligaba, ligaba mucho. Pero no siempre. No tuve una infancia tan mala. Pero tampoco fui de esos que mierda querían, mierda tenían. Voy al grano: la prohibición de tocar juguetes y golosinas que no se pueden pagar constituye una regla de oro que, de alguna manera, evitará que el joven crezca con un instinto desmesurado, desbocado. Ya sé que no tengo para pagar por todas esas hembras. Sí las puedo mirar. Pero hasta ahí nomás. No sea cosa que una de esas estúpidas, en un arrebato de feminismo, me acuse de "acoso". ¿Se dieron cuenta de que las tipas son feministas con los obreros de la construcción que las piropean pero no con los ricos que las penetran por el ano? De más está decir que estos ricos "cosifican" a sus novias con con el pedido diario de sexo oral y posiciones sumisas como el famoso "perrito". Bueno, decía yo que iba por ahí viendo tetas y culos, tetas y culos a morir. Y veía también vaginas marcadas por pantalones muy ajustados, labios que se abrían como las fauces de la tierra dispuesta a tragarse al mundo entero. No podía creer semejante exhibición de belleza. Trataba de reprimir la erección pero el paquete me estallaba con cada paso que daba. Es más, diez cuadras de caminata y sentía mojado el calzoncillo. Un horror. No veía la hora de entrar al baño de algún lado que no exija consumición para poder secarme con un poco de papel. Estaba molesto. Mi glande, que se había puesto muy grande, resbalaba en leche. Una sensación horrible, un cosquilleo de mierda. ¿Por qué no podría sentir eso en otra circunstancia, dentro de la matriz de una de esas que me habían llevado a ese desborde callejero? 

  La noche se había hecho realidad. Las luces artificiales alumbraban la escena porteña. Llegué de casualidad a una esquina llena de gente idiota. Muchas viejas burguesas estaban apostadas allí. Cajetillas. Todas hablaban como si tuvieran un pene atravesado en la boca. Muchas gordas. Otras eran muy flacas. Pero, en todos los casos, se trataba de rubias estiradas, tipas operadas por el mismo cirujano. Yo quise apartarme pero me llamó la atención un Camaro amarillo estacionado ahí. El mediático Matías Alé se estaba subiendo a esa máquina infernal de la mano de una de flaca de veinte años. Confieso que no sé manejar y que poco entiendo de autos. Sin embargo, hay algunos diseños que trascienden el mundo automotor para internarse de lleno en una poética de lo extraordinario. Contemplaba ese animal hecho por el hombre con fascinación. Mi expresión imbécil denotaba mi clase. 

 Yo seguía absorto mirando esa obra de arte. Pero una mano vino a quitarme del ensueño ese. Una mano de mujer tocó mis nalgas con pasión. "Toca culo, pija quiere", dicen en el barrio bajo. Yo me di vuelta y la vi a la conocida Amalia Granata. Me besó. No lo podía creer. ¿Por qué a mí? Sentí el perfume que salía disparado de ese cuello dibujado. Me anestesió. De repente, toda la gente desapareció para mí. No había ricos ni famosos excepto esa protagonista de escándalos, esa musa masturbatoria que tanto había anhelado durante años. Me sentía Robbie Williams. Miento, me sentía más que él porque ser argentino te hace mejor que un inglés, claro. Y más si sos nacido en Buenos Aires, la mejor ciudad del universo.

- Yo no te quiero. No te conozco. Pero tengo ganas de darle celos a ese pibe, a Matías Alé. Podés hacer conmigo lo que quieras. Y también te voy a dar plata porque se nota que sos pobre. Vos disfrutá conmigo que ahora nos vamos a ir a pasear y de ahí a la cama, toda la noche. Aunque primero tenés que comer. Siento los ruidos de tu panza. Me da cosa garchar con un chabón cagado de hambre. Quédate tranquilo y no digas nada. Sonreí a todos, nada más. Tenés linda sonrisa a pesar de estar vestido como un croto.-

- ¡Qué quilombo! No sabía que estabas detrás de ese boludo. Es un lío el mundo de la farándula. No me va. Soy de otro palo. Pero tengo ganas de cogerte. Y mal no me vendría unos mangos para poder morfar, ¿viste? No tengo laburo. Bah, no sé. Me podrías hacer entrar en alguna empresa, vos que sos una chica linda con contactos.-

- No da que hablemos mil años al oído. Nos subimos al auto y la seguimos. Va a estar todo bien. Pero ahora te quiero de damo de compañía. Si le metés huevo, vas a andar fenómeno conmigo. Hace de cuenta de que soy tu novia. No te voy a hacer hablar con los periodistas ni nada. Pero ayúdame en esto que te pido, por favor. ¡Vamos que nos vamos!

miércoles, 20 de enero de 2016

Sueños locos LV (El Tecnópolis de Macri y una plegaria desesperada)





  Hacía calor ahí abajo, mucho calor. Me tocaba sudarla en la cocina, en la cocina subterránea donde los cadáveres son asados, donde el público no ve lo que hacen con el cuerpo de todos los despedidos, los asesinados civilmente por este régimen despótico que es el Macrismo, verdadero ocaso de la civilización que dice defender. Imaginen que para llegar hasta ahí había que bajar escaleras infinitas que llevan a pasadizos secretos que a su vez conducen a un ascensor que va al círculo inferior de ese infierno. Una vez descendido, había que atravesar un largo corredor cercado por un alambrado electrificado y paredes grises. La luz era poca y artificial. La atmósfera no se podía respirar. Rancio, todo rancio, viejo y podrido como este sistema decadente que se ha presentado como el "cambio". Todo tiempo pasado fue mejor, ¿no? 

  Yo estaba ahí, esponja en mano, sacudiendo el mugre de unas ollas gigantes. Las cámaras me miraban en todo momento. No se podía hacer nada. Un altavoz me llamaba la atención cada vez que disminuía en la intensidad de mis esfuerzos. No había puntos ciegos. El Gran Hermano veía hasta lo invisible. Al entrar y salir de esa cárcel, me revisaban hasta el ano, un asco. Yo estaba solo en el sector bacha. El único trabajo en la era macrista es ser lavacopas o, como decimos en la Argentina, "bachero". Nada más. Todos los estatales a la calle. Las empresas privadas pueden echar gente sin pagar. No tuve más opción que ser un fregón de Tecnópolis, la megamuestra de arte, ciencia y tecnología ubicada a las afueras de Buenos Aires, en Vicente López. 

  En esta edición de la feria, estaba todo privatizado pero de manera encubierta. No había visitas guiadas del Ministerio de Educación para los chicos del Interior ni nada parecido. Cada cual debía concurrir por sus propios medios. Los empleados del Parque eran todos macristas adictos, todos ellos vestidos de amarillo. Me refiero a los que estaban en superficie, nosotros, en cambio, los "kaka", éramos los "negros", los "grasas", los que tenían que fregar ahí abajo para el complejo gastronómico que construyó Mauricio Macri, el peor presidente de la historia argentina.

  Un compañero mío se fugó del sector cocina y vino a visitarme. Era un homosexual extranjero que había votado a Macri sólo por oponerse al Kirchnerismo. El morocho se creía burgués, se creía parte del "cambio". Vino vestido de blanco, lleno de manchas el delantal, la frente parda chorreada de sudor, los rulos duros mojados. Daba asco verlo y más asco olerlo. Se lo veía demacrado, más flaco que nunca. Pobrecito. Tal vez era más explotado que yo. No lo sé. O quizás era mi entereza moral la que me sostenía joven, fuerte y apuesto a pesar de los avatares de la patria financiera, de la patria liberal que había matado para siempre a la Patria Peronista.

- Alan, estoy arrepentido de haber votado a este hijo de puta. ¡Nunca más! ¡Nunca Macri! -

miércoles, 13 de enero de 2016

Sueños locos LIV (Julio Chávez)



  ¿Conocen la Avenida Juan de Garay? Quiero ir a la parte donde está "Buenos Aires Polo Circo", esa carpa de risas y alegrías para todos, muy cerca del Hospital Garrahan. Quiero que puedan ver esa plaza enorme que llega hasta Avenida Brasil. Es un terreno inmenso, un cacho gigante de verde enquistado en la Ciudad. ¿Se ubican? En el límite entre Parque Patricios y San Cristóbal. Por esa zona pasan el 4, el 143, el 50 y el 150, entre otros.  

  Julio Chávez, el gran actor argentino, gritaba a lo lejos. Me insultaba, me invitaba a pelear. Yo no podía verlo pero sentía su vozarrón dramático a una cuadra o más. Me decía que era un cagón, un pelotudo, un hijo de puta, un miserable, un cobarde, una basura, un parásito, una lacra, un kirchnerista de mierda, un nabo, un pajero, un nazi, un infeliz, un zurdo de cuarta, un degenerado, un loco, un estúpido, un antisemita, un farsante, un atorrante, un vivo bárbaro, un cornudo, un homosexual reprimido, un vigilante, un pollerudo, un chorro y no sé cuántas cosas más. Todo puteadas a la octava. No paraba. Estoy acostumbrado a ser insultado desde chico pero esto era "to much". No sé por qué tanta saña. ¿Qué le hice a este actorazo para que se ponga así, como un toro salvaje y embravecido? Pese a la admiración que siento por él, no pude reprimir la bronca y lo fui a buscar. En verdad, tenía miedo pero creí que si huía podía hacerme una emboscada en cualquier lugar. El país entero es fanático de sus trabajos en cine, teatro y televisión. Debía ir al foco ese de maledicencias y reprimir el incendio antes de que se expanda como un cáncer terminal a todo el barrio. Si lo hacía callar, podía sobrevivir al despotismo de los famosos, al "Capitán" de los barcos de papel que enriquecen a Suar.

  El tipo estaba detrás de una camioneta negra Chevrolet estacionada sobre Garay. No recuerdo el modelo del vehículo pero bueno, sólo tengo en la memoria la expresión pálida de ese rostro soberbio y severo, esos rasgos de puro talento argentino. Al verlo, sentí miedo. Un actor, un tipo habilidoso con su cuerpo, con sus movimientos. Podía desarmarme con dos golpes bien dados. Lo miré fijo a los ojos pero con mucho temor. Sentía que mi vida podía acabar con mi nuca rota contra el pavimento. Por otro lado, golpear a un ídolo no me generaba alegría, al contrario, quería reconciliarme con el arte de ese caballero que tan bien nos hace quedar en todos lados. 

- Yo no te hice nada, por favor. ¡Hasta me gustaría tener una foto con vos! Sos un actorazo. Te vi en Red en la Calle Corrientes y me encantó. Y vi muchas series tuyas en el Trece. Pero lo mejor que vi de vos, según mi opinión, fue "El visitante", una película espectacular.-

- Yo voy a sacar una foto tuya y se la voy a mandar a tu vieja porque no te va a reconocer después de que te agarre yo, pedazo de hijo de puta. ¡Te voy a matar, forro! ¡Sos una basura, basura hija de puta, sorete mal parido, turro bananero! ¡Hay que matar a todos los pendejos de mierda que son como vos! ¡Yo soy Julio Chávez! ¡Soy Julio Chávez! -

- Ya sé que sos Julio Chávez. Por eso te pedí una foto. -

- ¡Ah, encima te pasás de vivo! -

  Empezó el movimiento de piernas de los dos: a los costados, hacia atrás, hacia adelante. La idea era medir al adversario, tipo "round de estudio". Yo lo vi lento de los miembros inferiores pero muy fuerte a la altura de los hombros; lo vi con buen manejo de las distancias y muy seguro en su guardia. Habrá estudiado boxeo alguna vez. Temí por mi mandíbula. Comencé a mirarlo con bronca como para intentar asustarlo pero el loco se enojaba más. Se notaba que era un trámite para él el pegarme a mí. Tal vez tenía como vicio escondido el fajar a los jóvenes que por alguna razón misteriosa no le caían en gracia. Hay muchos tipos en Baires que van en coche y paran en una calle cualquiera a zurrar a alguno que les pinte mal. Son todos pegadores fatales.

  ¿Me quería dar porque yo soy parte de un experimento actoral? Pensé muchas cosas. Sudaba la vida en mi frente, se me iba el aliento con cada gota de transpiración. El cuerpo me temblaba. Me movía con unos nervios eléctricos. Me costaba respirar. Sentía el mareo en la cabeza, como si fuera un globo que flotaba con tontera en el aire porteño lleno de humo y muerte. Lo único positivo es que sentía las piernas livianas. Era una danza de adrenalina: yo trataba de esquivar al loco este, que me buscaba con piñas al boleo y patadas bajas a las rodillas. Cada tanto, pegaba un saltito hacia atrás para que mi rival quede en desventaja en cuanto a las distancias. Mi única garantía de vida era confiarme a mi juventud. Mal que mal, un tipo que pasa los cincuenta no tiene el mismo aire que alguien que puede ser su hijo. A menos que hablemos de un hombre de mediana edad que sea maratonista. Pero bueno, yo danzaba con la esperanza de alcanzar el desgaste físico y mental de mi verdugo. Así y todo, algunos mandobles quebraron mis muñecas en guardia. Los brazos míos estaban violetas de tanto recibir castigo. Me costaba mantener las manos en alto. En cualquier momento, podía dejar la cara descubierta y recibir esa trompada certera en el mentón que podía dejarme "culo para arriba", como dicen los viejos. Sin embargo, pese al bombardeo constante, me esforcé para redoblar la intensidad de mis pasos, la velocidad de mi cuerpo amenazado. Poco a poco, segundo a segundo, vi que mi contrincante quedaba contra las cuerdas de la fatiga. La agitación era visible. Casi con resignación, me perseguía con el secreto anhelo de destrozarme de una vez y para siempre. Pero yo empecé a dominar la situación con muecas, con sobras, con actitudes de canchero, de payaso maldito. Tenía que buscar un ACV para él o un paro cardíaco que me haga salir de esa. Mi plan era correr para el campeonato una vez que haya quedado tirado. Ni una le metí. No podía. Si iba al intercambio, cobraba más que un estatal. Por otra parte, si le metía un bollo, me iban a acusar de homicidio o de cualquier cosa, porque no somos iguales ante la Ley, claro que no.

  Cuando todo parecía indicar que maduraba el knoc out de cualquiera de los dos, él podía caer por cansancio y yo de una ñapi, apareció un carro de asalto de la policía, la DOUCAD de la Federal. Nos separaron. Cada uno para su casa. No lo reconocieron a él. Estaba sucio y desarreglado, no tenía fuerzas para hablar, respiraba prisionero de una gran agitación. Yo aproveché la circunstancia de ser expulsado por los federales y corrí ni bien pude doblar en la otra esquina, donde está la mezquita. Me perdí para siempre por la Avenida Entre Ríos con la intención de que el Congreso y la cercana Corrientes me traguen en el olvido de mí mismo y el mundo.

domingo, 10 de enero de 2016

Sueños locos LIII (Delfines del Pacífico)

 

 ¿Hay un lugar desde el que se pueda ver todos los lugares? No sé. Pero puedo decir que el mundo tiene el calor de África, el frío de Rusia, las playas de Cuba, las grandes urbes de América del Norte, el verde de Australia, la corriente de México y los fiordos de Noruega. En su diversidad, el planeta es uno. Y bien podría ser que ese uno sea yo y ese yo seas vos y que vos seas una sombra de otros y así hasta llegar a todos. En sí, no es nada que no se haya dicho antes de igual manera o con palabras un tanto diferentes. Las aguas cubren la esfera casi en su totalidad, desde el sol hasta el ocaso, desde la luna hasta el aterrizaje del amanecer. Las estrellas son las luces del cielo, obvio. Pero lo que parece natural bien debe ser repetido para crear una red de conceptos. Porque podríamos pensar que los astros que vemos por la noche son los ojos de Lucifer. Y así, ante tamaño temor, podríamos negarnos a mirar el firmamento nocturno so pena de morir infartados ante el encuentro de miradas con el ángel maligno, ¿no? ¡Incrédulos aquellos que se niegan a ver! 

  El Estrecho de Magallanes es el punto de partida. En sus frías aguas comencé el viaje hacia el otro lado, hacia el Océano Pacífico. Di brazadas fuertes para quitar el frío de mi cuerpo. Al tiempo, pude alejarme más y más.Un hombre me seguía desde un barco a modo de apoyo. La travesía había arrancado de la mejor manera. El fletero, el tipo de los viajes en Buenos Aires y alrededores, devino en mi "coach" para esta proeza monumental que me tracé. Las cosas de la vida. Dios es el único hacedor de milagros.

  En poco tiempo, casi como si fueran solamente segundos, vi el fuerte sol que atacaba al norte de Chile por las tardes. Ya estaba llegando al Perú. Pataleaba y braceaba con todas mis fuerzas. Las aguas meridionales iban quedando atrás poco a poco. Un cielo incaico me sonreía con el perfume de tierras más cálidas. El cuerpo humano es una máquina capaz de llegar muy lejos. Mi desafío era demostrar que la voluntad cruza todas las fronteras que puedan existir.

  En una parte del recorrido a nado, no sé si serán de verdad o si son animales de fábula o de mis sueños, aparecieron unos delfines que me empujaron cuando mi fuerzas estaban en merma. Ellos me sacaron a flote e hicieron buena parte del trabajo por mí. Estos amigos del mar me mostraron con su gesto lo enorme de la misericordia de Dios.

  Mi jefe de apoyo logístico me esperaba en Guayaquil junto a un grupo de familiares y amigos. La cena estaba servida. El Continente es nuestro. Los pescados estaban allí en bandejas para delicia de los paladares y alegría de los corazones. De fondo, una música muy suave. Y, como si fuera poco, un dulce vino me ayudaba a descansar luego de semejante esfuerzo.

viernes, 8 de enero de 2016

Sueños locos LII (La chica de la calle)



  Una vereda de un barrio de abandonos no muy lejos del Centro. Una avenida de tránsito pesado. Algo así como una arteria populosa cruzando la parte vieja de Pompeya o Barracas. No me acuerdo. Solamente tengo ante mí la imagen de los camiones que pasaban fuerte, que tiraban humo negro y ruidos explosivos. Las bocinas de los coches, el escándalo de las motos. Era de mañana, bien de mañana, cuando muere la noche y despierta el sol, ese momento en que hace un poquito de frío por más que sea verano. Ella dormía en un colchón. De entre las sabanas mugrientas emergían unos limpios cabellos castaños oscuros. Unos pechos se insinuaban. Yo sentado en las baldosas acanaladas color amarillo desteñido. Un amigo a los pies de la chica, con cara de idiota, contemplaba el paso de los vehículos en un estado de trance, como en un anhelo de perderse en las rutas argentinas, lejos de la mugrienta Ciudad. Éramos tres marginales, o intentos de fracasados, tres blancos jugando a ser villeros. No había drogas en esos metros cuadrados pero sí mucha alucinación. 

- ¡Quiero dormir, Alan! ¡Odio los autos! -
- Estás en la calle, flaca. Ubícate. -

  Ella se había despertado sobresaltada por el bocinazo mortal de un camión endiablado. Se quitó la sabana del rostro y mostró unos dulces ojos marrón marrón, no marrones negros o marrones verdes. Nunca vi tal marrón. Muy blanca, muy delicada, como ajena a la miseria que le tocaba, una europea caída en desgracia de Tercer Mundo. Mi amigo reía borracho y hacía gestos de estúpido. Se acomodó en la punta del colchón y se quedó congelado por la brisa mañanera, con algo de temblor, y con temor ante la aparición de las patrullas. 

  La flaca pálida salió de un buen hogar, lo sabía. Ella misma me lo confirmó, pero no me dio el motivo. Yo le estaba haciendo el aguante ahí, no podía llevarla a casa de mi madre, pero quería compartir su suerte. Mi amigo, el que se pone borracho y hace cosas estúpidas como caerse y perder los dientes, estaba con nosotros para mitigar los efectos de una espera incierta, una espera de Beckett, espera de lo que no vendrá... O sí. Con las espinas. Buenos Aires.

  Yo acerqué mi pecho a su cara y la cubrí con la mitad superior de mi cuerpo. Tuve cerca la boca del abdomen suyo. Sentí un perfume suave que emanaba vida más allá de las sabanas celestes llenas de manchas. La sentí pura. Me incorporé y le dije que siempre iba a estar con ella, por más que no pueda volver a su casa, por más que llueva, nieve, truene o caiga el sol con trompazos de fuegos veraniegos. Prometí cuidarla contra viento y marea, como dicen, como digo yo para seguir con las frases hechas y los lugares comunes donde no puedan perderse los lectores. Bueno, me planté firme. 

  Las semanas pasaban. Siempre aparecía yo con comida. La chica bien no se habituaba a ese género de vida, creo que nadie nace para dormir a la intemperie, por lo menos nosotros, los occidentales de ciudad. El indigente no es un terrible vago, todo el día panza arriba y a dormir, y perdón si cito algo que escuché por ahí, no puedo evitarlo. El pobre es pobre porque el Sistema lo empuja a la nada. Unos tienen lo que a otros le falta. Porque en algunos lugares sobra agua y en otros...

  Mientras ella esperaba que le trajera el desayuno, yo desvíe el rumbo por otros bares, por otros barrios. Me fui lejos. No la abandoné a su suerte, eso nunca. Pero me tomé mi tiempo para ver qué pasaba alrededor y más lejos también. "Otros barrios". Sentí una presencia oscura, vi que me estaban mirando pero no quiénes eran. Pude ver solamente con los ojos de la intuición. Sabía que la mafia estaba en el aire. Llegué a una calle perdida, una calle de olvido y cortadas, con agua estancada en el cordón y algún barro o tosca como imagen de una era extinta. De frente hallé a las casas bajas más perfectas de lo que son. Contemplé fachadas verdes, violetas, grises, violentas, pálidas, muertas, azules, rojas, amarillas marinas y celestes dibujadas. Muchos colores. Pero la morada de mi obsesión, de mi vista detenida, no tenía un tono definido. Era de una pintura violácea mezclada con azul y negro más algunos ribetes blancos como los que enmarcaban las ventanas grandes presas de unas crueles rejas rústicas.

  Sentí una presencia, un "no pasar". Pero pasé ante mi propio riesgo. Alcancé la esquina final, la gané con un temor de muerte. Cuando estuve del otro lado, la presión mía estaba bien abajo, de últimas. Caminé desmayado hasta una estación de servicio, a siete cuadras. Me mojé la cabeza en el baño y salí rápido para no drogarme con el olor a nafta. Pasé por una panadería y pedí algo para comer para mis amigos. Me dieron seis facturas de ayer. Agradecí con lágrimas en los ojos y partí con trote ligero al punto de inicio, al colchón tirado en la nada. 

  Cerca de las diez de la mañana, estaba de vuelta para alegría de mi amigo y mi protegida, que se habían preocupado ante mi demora. Sonreí al llegar y me excusé. Ellos tomaban mate y comían pan ante la mirada loca de unos viejos reaccionarios que nos gritaban "drogadictos" todos los putos días. El sol empezaba a hacerse sentir fuerte. Algunas gotas de sudor bombeaban las frentes amigas, besadas por Dios y la desgracia de ser argentinos. 

- Che, flaca, pasé por tu casa y creo que no podés volver. No es que quiera retenerte acá pero me parece que sería un suicidio que vuelvas. No sé. Fíjate. Te lo digo por tu bien. Te van a decir que te quiero en la calle, que te tengo envidia y que te arrastro a la ruina y no, nada que ver. Pero bueno, prefiero que terminemos de desayunar tranquilos y que hablemos bien luego del almuerzo. Vamos paso por paso, porque vos viste que es un suplicio subsistir así. Nos queda poca plata y muchos ya no nos quieren dar ni la hora. - 

- Creo que lo mejor va a ser que yo no vuelva más, no se puede. Yo también siento que no va. Mucha gente me dijo que hay algo raro, que unos tipos miran todo lo que pasa y te mandan al muere si te quedás mucho tiempo por ahí. Espero que no hayas sido tan estúpido de haberte parado más de la cuenta porque te mandan a seguir y llegan hasta donde estés para hacerte mierda. Algún día voy a recuperar lo mío, ya voy a denunciar todo esto. Pero prefiero no contarte la verdad todavía porque no quiero asustarte. No es por nada. Me tenés que entender. 

- Confío en vos, sos mi amiga. Cambiando de tema, ¿qué te gustaría almorzar hoy? 

jueves, 7 de enero de 2016

Sueños locos LI (El pegador de Villa Infierno)



 Era un tren, era un micro, era un furgón y un coche comedor que recorría las calles de Villa Infierno. Chorizo a la pomarola era el plato de la noche. Los vagos, los obreros locos y malos de la UOCRA, comieron hasta saciarse. Yo también. Todos vestían uniformes marca Ombú de color gris azulado. Llevaban borcegos negros y usaban el pelo bien corto, perfectamente afeitados todos ellos. Solamente tenían olor a vino barato pero eso es costumbre socialmente aceptada. En verdad, ahora que lo pienso bien, el vehículo era la forma de movilizarse de toda la cuadrilla, un transporte bien proletario. Pero el esmero de algunos le dio ese aire casi burgués. De ahí que escribí "coche comedor". Estoy muy nervioso. Me cuesta recordar los acontecimientos de esas horas de sangre.  Se me mezcla todo. 

  Bien, yo había comido tres platos bien llenos de chorizo a la pomarola con pure. Estaba que no daba más. Fui al baño y volví casi arrastrando los pies. Una panzada de infierno, de Villa Infierno, una comida dantesca. Todo muy lindo. Soñaba con meterme en el sobre y viajar como una carta en el correo de los sueños. Pero en mi marcha a la falsa muerte cotidiana un pie me hizo tropezar: un paraguayo loco, malo y trompeador me puso la traba para que caiga y sea la burla de todos mis compañeros. Yo tomé ese empleo por necesidad. Ninguno sabía que soy estudiante de Letras. Si hubiera dicho eso, me habrían violado por "cheto".

- ¿Por qué me pusiste la traba? -
- ¡Yo no fui! ¿Estás loco? ¿Qué te pasa, boludo?-
- ¿Qué te pasa a vos, pedazo de negro hijo de puta? 

  Me llené de odio. Mi miedo se disipó: a priori, un paraguayo o boliviano de la construcción es un hombre de temer, un tipo que levanta bolsas de cincuenta kilos, que se caga a trompadas en los actos políticos, que juega a la pelota todos los domingos; un tipo que toma vino, cocaína y que come asado todos los días. Ese combo fatal de proteínas, cumbia, ritmo y sustancia puede hacer de cualquier flaquito de tierra adentro un Increíble Hulk. Además, el albañil llega todas las noches a su casa y se coge a su mujer, coge en pose de misionero, a lo macho. Nada de que se echa boca arriba a mirar el techo mientras la mina hace todo el laburo. No, estos llegan, tiran a la jermu en la cama, y le echan dos o tres fierrazos nocturnos bien echados. Y a la mañana, el infaltable mañanero, como no podía ser de otra manera. O los infaltables mañaneros, porque son sementales imparables. Los días de franco, los domingos y feriados, los polvazos se multiplican, se disparan como perdigones policiales que llueven en las madrugadas calientes de Villa Infierno.

  Bien. Me envalentoné, era una furia enceguecida. Fui corriendo esos pocos metros que me separaban del tipo allí sentado y lo embestí como si fuera un rival en el rugby. Atinó a tirarme un par de trompazos de muerte desde su silla pero yo era un bicho bolita rodante impermeable a cualquier golpe. Los brazos me servían de sombrero. Una vez que lo tuve frente a frente, cara a cara, le di una lluvia de golpazos infernales, cortitos duros y parejos de knoc out. Pero el chabón estaba tan merqueado que se paró de su asiento y comenzó a tirarme mandobles cruzados. Pero el loco abrió demasiado su defensa, defensa inexistente, pues toda su cara sangrada estaba al descubierto. Yo me cubrí los oídos para no recibir esas zumbadoras que te dejan de culo. Es verdad que me tiró algunas en la sien que me dejaron pensando en nada pero yo le devolví la gentileza con rectas estocadas al mentón, la boca, la nariz, la frente y los ojos. En un momento de epifanía, caí en la cuenta de que el arrabalero este, este damajuanodependiente, tiene el hígado quemado de tanto vino hecho con alcohol de quemar. Me agazapé como una serpiente a punto de picar  y me colé entre sus dos brazos colgados en el aire, tenía todo su frente a mi disposición. Lo trabajé bien fuerte con piñas a repetición en el abdomen y con mi cabeza presionando su pecho flácido y grasoso. Decidí castigar su zona hepática a la espera del colapso que, de hecho, se dio al instante: sus ojos se abrieron y pego un grito seco que fue lo último que pudo hacer. El cincuentón legendario cayó con la nuca contra la pared del vehículo. Murió.

martes, 5 de enero de 2016

Sueños locos L (La negra pegadora)





 ¿Va signo de admiración, de pregunta? Es un acierto liberar todo el juego. "La contundente réplica de las negras hace que los blancos se envalentonen". ¿Qué pasa en la vida? Hay que tratar de molestarle los planes al otro, hay que bloquearle toda la posición, ser oposición permanente. Como sabrán, nunca diría esas cosas. Yo no soy así. Pero tampoco puedo entrecomillar todo. Prefiero darle naturalidad a los artificios funestos que acosan nuestros días. ¿Qué se puede jugar? Nada, yo salí de mi torre a dar una vuelta en ese atardecer revuelto de rosas y oscuros. Retroceder. Eso quise hacer al verme envuelto en esas nubes de miseria, en esos parajes del Lugano más Lugano, ahí detrás del Lola Mora, donde todos los caminos se cruzan.

  La Escuela Lola Mora es el espacio del arte en el barrio. O eso parece. Detrás, descampados, pistas de skate, chicos y chicas. La Torre 1 cerca, la multitud acalorada del verano, la chusma humeante. Todos y todas. Todos rompiéndose el siete. Las damas son rotas siempre. Terribles pijas de caballo relinchan por ahí, ahí donde mueren los guapos y los demonios resucitan. Sí, en el Día de la Resurrección de los Muertos, los malos volverán a la vida en los monoblocks de Lugano 1 y 2. O no. Sepan que es un chiste, un sacrificio, no una amenaza, que en sí es poca cosa.

  A seis de los vagos los pude esquivar porque los vi a una cuadra de distancia, anticipé la jugada, que era mala... Ellos no son de cambiar damas, no son swingers. Son de escuchar "Damas Gratis". Parece una obviedad pero vale la pena decirlo: no son chicos liberales. Entonces, siendo ellos tan territoriales, tan "patriarcales", como dirían las feministas, ¿por qué habría yo de caminar tranquilo mirando sus hembras? Y sí, me la voy a tener que comer: voy a tener que callarme y pelear.

  Cuando me refiero a esos seres , hablo de peones, peones aparentemente sacrificables, pero en verdad son machos locos del fondo, del bajo fondo que no se corre ante nada, ante nadie. Además, son aliados de la gloria en materia de piñas. Son los grandes pegadores del Sur. Lo que decíamos en otras oportunidades.

  "Estoy en el horno". Así decía yo al verme en ese show, al borde de la muerte. Nadie estaba controlando. Policía nada. "Ahí cagó", dijeron por mí, yo tranquilo por fuera y quemado por dentro. Pero nada. Encontré una defensa: "Hay que evitarla a toda esa banda del pasillo detrás de la torre". Las únicas no se piensan. No. Hay que hacer, hacer siempre. Es posible defender y evitar que te maten. Pero todos vamos a morir, lo sabemos. El tema es que una gran obra, una gran vida, debe tener un gran final. Al menos eso soñamos en ataques de romanticismo. Hay que buscarle la vuelta para encontrarle la recta. De nuevo. Todo está bien. El "coso" es nuestro talismán. Materia para reflexionar, ¿no? Remember. No está de más saber que en esto de boxear estamos todos contra todos, allá. Habría que ver.

  Pega, pega. O eso es lo que uno imagina que el otro imagina, prejuicio, prejuicio. La ventaja de los negros, racismo, racismo. Los blancos nunca hemos cambiado este temporal sino que lo hemos multiplicado por infinito. ¿Finalmente qué pasó? Devolvimos algo para tratar de quedar iguales. Pero mentimos. Somos la raza del despotismo, la raza que inventó los Derechos Humanos y el discurso para esconder hechos aberrantes. No hay obrero que sea libre. Ser obrero es ser esclavo. Pensando así, se puede salir de muchos atolladeros sobre los cuales estamos caminando. Se puede ganar por otro lado, se puede inventar algo. Vamos a ver dónde Dios nos pone.

  Y sí, en el comentario que alguna vez hice a los textos de mi vida, hablé sobre la pésima situación en la que quedan aquellos que vemos siempre todo bajo control. La idea es sencilla en sí. El tema es que hay que levantar mucho la moral para ver si llegamos con los tiempos. ¿Qué opinás vos? Sí, estoy pensando en correr ante ese abismo al final del descampado adornado con globitos. Gente de pro, de mucha honra. Gente al final del pasillo, justo detrás de la torre abandonada, la torre blanca y negra, la torre que no caerá jamás. Ya termina. "Intentando". Con el agregado que el mundo va cambiando todo el tiempo. Occidente. Devenir. No se puede.

  Tengo, tengo. No puedo ir más despacio. Me emocioné. En lugar de ver una intermedia, me quedé en la secuencia de marchar como un comando, con la idea de romper. "Se enturbian las aguas". En el famoso pasillo empiezan los problemas, siempre. Vamos a volver al borde del colapso. No se me ocurre nada pero abandonar no parece una opción. No puedo volver atrás. Tengo que cruzar el barrio, tengo que cruzar el Rubicon, no hay excusa alguna. Pasamos por un momento de pasiones imprecisas pero ya está, asunto liquidado. 

  Cuerpo a cuerpo. Lo que es fundamental es cortar al otro. Porque los otros pueden bajar esa escalerita sin ventanas y darte hasta matarte. Ni la policía quiere subir a esos pisos altos de encierro, hienas y locura mortal. Sigamos prejuzgando. Hay que quedarse dando vueltas, ¿no? Porque lo cíclico no es tan cíclico. Muchas veces se llega a un corrimiento. No es una suposición. No se puede pedir auxilio cuando estás ahogado, sin una tabla donde aferrarte. "Muero como hombre, pongo el pecho, quiero que me tiren". Esa es la forma de empate de muchos. Es fantasía, es perder. Es la jugada de la muerte, es matarse a sí mismo, es desastrosa. Puede haber otra gente pero no influye. Más allá de eso, hay que seguir, hay que seguir.

  No tener posibilidad alguna. "Vos fíjate". El tipo suicida no me mató. Repetición, repetición. Cosas pintorescas que, si uno las mira con atención, no dan mucha gracia. Hay que tener cuidado. Poner, poner. No sé. Algo así como. Bah, pierdo mi tiempo. Y ese pardo camina por allá.

  Sí, mezclo pasado con presente. Es otra manera de salvarse, de reclamar la vida. A mí me gusta, claro. Es un continuo. Son las contradicciones de común acuerdo. Voy y voy. Yo saco y pongo y te doy la mano. En cualquier momento se puede ofrecer eso que estás buscando, una piña salvadora o la decisión de vivir según una buena intención. Hay muchos caraduras pero ganado son las vacas, no hay tutía. Es un ofrecimiento, nada más. Si la ves, si ves que no hay otra salida para ella, decile que la amo. No soy un defecador. Hubiera sido lindo tantas cosas pero queda este finalito, esta muerte chata. Encaro toda una vida en ese cruce. Si quiero volver al punto de partida, me corren y me la dan por cobarde. Tengo que ser valiente. Me cubro el rostro al llegar donde llueven esas piñas. Me empieza a gotear la sangre. La cabeza me pierde. Son diez. Hay que ir a buscar la heroica. Y la consigo. Golpeo a uno con un cabezazo en la nariz y huyo para el lado de Cafayate. A otro le meto una patada ahí abajo. Dicen que no vale. Pero es importante irse. Se puede colaborar con la paz social pero no voy a dejar que nadie me saque de las casillas. Llego corriendo. Puedo esperar el 101. Pero cuando llegue el colectivo, yo ya voy a tener pareja e hijos, una mujer fuerte. Pero bueno. Es cierto. Es mejor correr por ahí. Correr duro.

  Al final, vino una negra muy negra, una chica que había ido a natación en la pileta del Club Savio 80 conmigo. El reloj se había evaporado. Quería encarar para "Las Casitas" pero ella gritó "ahí va un nazi, ahí va un nazi". Quiso sacarme una foto. Me tapé el rostro. Igual, la oscuridad nocturna me protegía. Ahí nomás comenzó a pegarme con todas sus fuerzas, cambios son cambios. Todo mi rostro podía verse deformado. Pero yo la abracé y le pedí que me pegué más fuerte, mucho más fuerte. Ella me besó y me dijo que soy lindo. Me arrodillé y le imploré más y más. La descendiente de africanos se quedó dura. Comencé a insultarla y dije que "merezco la muerte por ser un hijo de puta". Lloró. Yo le di una cachetada como ese que mueve el cartón para avivar el fuego del asado. No pudo hacer nada. Nos apretamos duro. Nos tomamos de las manos, nos quemamos los labios y los pechos. Trabamos las entrepiernas, rodamos en el asfalto de Cafayate. El 91 paró ante nosotros para no arrollarnos, para que nos arrolláramos en ese enroque sexual. Los pasajeros aplaudían, pedían más, más. El bondi nos había pasado por un costado. Era todo grito. La vida había vuelto al barrio. Los que quisieron pegarme antes, ese ejército con uniformes Nike y gorras deportivas, vinieron y se sorprendieron. Ella, la Reina de Lugano 1 y 2, la negra más fiera de todas las camas, me protegía entre sus tetas enormes y lloraba para que por "favor, no lo maten".

sábado, 2 de enero de 2016

Otras



 A todos nos pierde algo. El problema es que a algunos nada los recupera. Es el tiempo ese de la desesperación, el alivio, el dolor y el mar constante y sonante. El deambular de muertos no se detiene nunca. La imagen queda en blanco y se pasa unos segundos sin respirar. La vida arde fuerte y por eso hay que cortarla un poco para tomarla mejor. Del cerebro baja una parte de la fuerza y todo lo que queda es una confusión momentánea con ganas de dormir. El discurso no se planea. Lo único que planean son avioncitos de papel que intentan comerse a los pajaritos hechos de barro por algún hombre-dios de Oriente. Es aquí que se ve cómo las perlas se acumulan hasta tapar todos los cuellos culpables de rebeldía y soberbia.

  El faro sigue en pie, arrojando luz a las afueras del alba, donde todavía es oscuro. La obra siniestra del hombre asoma con desdén por el aire y los alrededores. La obra soberbia del hombre menosprecia observadores circunstanciales y se muestra grande en su pequeñez e insignificancia. La angustia es la causa del éxtasis colectivo. El ser humano no se cura casi nunca de esa incógnita que le roe el pecho. Si pudiera vivir sin esa duda, de seguro que el amanecer se le haría una flor hecha tatuaje en la piel más invisible. Pero la verdad no se sabe, no se pone, no se nada. Por eso se agita la fatiga como un fantasma que parece terminar en la incertidumbre.

  El mar emerge por los poros y ahoga los días de las vidas pasadas, vidas pasadas y pasadoras, vidas que ven más allá de la muerte y que se alimentan de ese gusano que traga todas las conciencias, mismo gusano que hace paños brillantes de las podredumbres dejadas al viento. No importa cómo. Un aire de quemazón invade las manos de los esclavos y corta los suplicios de los pequeños obreros adictos a las minas, al pico y a la pala. El cuadrado golpea fuerte con esa agitación terrible de caderas y cadenas, de cortes, cinturas, avenidas y ráfagas filtradas de sol loco y embravecido. En este todo revuelto se arremolinan todos los pensamientos y se desintegran entre sí para dar lugar a los estadios de la presión baja, a las canchas saladas de las cabezas decadentes y caídas, cabezas que perdieron su cuerpo en una de tantas muertes buscadas a diario.

  Los ojos dejan de ver colores un instante para contemplar con desesperación la luz de la ceguera, el aroma ardiente de una garganta que arde en sed y penas siempre, siempre penas. Porque no hay árbol que dé sombra ahí donde todo es artificio y el óxido pared. Las chispas llueven para quemar las ciudades y dejar sin aire a los pordioseros, a los pordemocracieros, a los porjusticieros, a los porpazeros, a los porelmedioambienteros. Nada, nada. No exijan nada. Sufran todo lo que tengan que sufrir para vivir y ser cada vez más fuertes. Porque podrá llegar el día en que su cuerpo esté tirado en un balde pero aún les quedará un resto de alma para decir que son sobrevivientes y que la pueden contar y que todos los que los escuchan deben someterse al mismo régimen en pos de perfeccionarse como seres humanos. Y ahí nomás, dichas esas bravatas impertinentes, quedarán en silencio para siempre, para que alguien arroje su sangre por el inodoro y dé su carne a los perros, que en balde aguardan a que llegue un verdadero plato de alimento, no un par de huesos llenos de maldición ancestral y contaminación mediática. 

  Es evidente que hay un problema cuando hay que buscar recursos en viajes a interiores que devienen encierro mental. El itinerario es siempre el mismo: abrir un agujero en la tierra, explorar las cavernas, ver lo poco que se puede ver, olvidar la luz del cielo, enterrarse cada vez más en esa realidad subterránea, hartarse de la misión, volver a la superficie, sorprenderse de la fuerza de la vida y luego, ante el cadáver del tiempo perdido, lamentarse por lo que pudo haber sido. Y así muchas veces, hasta que un día la maldición se rompe y todo cambia, todo cambia. Y cambia de verdad, con hechos, no con declaraciones vanas de aquellos que quieren que todo siga igual y, en lo posible, cada vez peor, cada vez más en lo malo y menos en lo bueno.

  Lo grande del sentimiento lleva a experimentar. Y el experimento hecho rutina deja de ser experimento. Ahí es cuando se vivencia la bendición de haber tomado un camino diferente, un camino que lleva a lugares nunca antes imaginados, lugares donde reina, justamente, la imaginación y la fuerza de todo lo que no es eso que vemos y padecemos por imperio de lo común. Porque todo eso que anhelamos en algún lado está, por más que digan que no existe, que nada existe, y que siempre hay que atarse a lo que se ve, a lo que es, y al hambre que llevamos por herencia. Nadie vino a este mundo a morir, por más que nos toque morir millones de veces ante la mirada de las cámaras de todas las naciones. No nacimos para morir. Nacemos para vivir, vivimos para ser eternos, somos eternos para ver el rostro inigualable de Dios.

  Marea ver mares de vidas contenidas en instantes diferentes. El estancamiento es notable. Cuesta describir ese concierto de motivaciones varias, ese desconcierto de los que miran de afuera, los que gritan adentro, los que mueren atrás, los que escupen adelante, los que denuncian al costado, los que blasfeman allá, los que difaman por acá, los que "indiferentean" por doquier. Todo cuesta, todo cuesta arriba, todo cuesta abajo, todo cuesta en todos lados. ¿Cuál es el precio que hay que pagar o estafar? ¿Cuál es el precio por cual se ha de perder la vida, la libertad o la paz de poder permanecer en un lugar cualquiera sin ser molestado?

  Y finalmente, nada. Nada. No podía ser de otra manera, este es un texto raro, no un texto "común", si eso existe. Y es para que lo lean pocos, para que quede ahí como manifestación de ausencias, de carencias o, dicho de otra manera, de anhelos que se multiplican más y más ante la imposibilidad de realizarse ciertos planes, ante la imposibilidad de que ciertas moradas de la mente devengan en acontecimientos de belleza, calma y dicha.

viernes, 1 de enero de 2016

La vara alta

 


  Me cuesta mucho enfrentarme a a página en blanco sin la garantía de fluidez que me brindan los sueños. Se me hace difícil escribir sin grandes vivencias o visiones que contar. O sin la presión de la universidad. Tengo poca creatividad. A veces siento que soy un adicto a la inspiración, a la mística. Me parece que no puedo ser un escritor racional, alguien que se siente a escribir como si estuviera actuando un personaje que le es completamente ajeno. Bueno, hago lo que puedo. Hoy intentaré esbozar, ensayar, algunas teorías sobre el amor y otros demonios. En primer lugar, quiero aclarar que intentaré abordar el asunto de las relaciones humanas con una óptica analítica aunque me base en experiencias personales, con toda la carga de subjetividad que eso conlleva. 

  Si de amor hablamos en mi vida, o de mujeres potentes, no puedo obviar a la Virgen Atea, esa amiga que tanto bien me ha hecho, esa chica siempre dispuesta a escucharme y a ayudarme en todos los órdenes de la vida. Ella odia que la elogie o que me refiera a su persona. Es cero vanidad. Sin embargo, hoy la traigo a colación, almuerzo y cena por una buena razón: quiero mostrarles cómo la admiración por alguien, lo que se dice "enamoramiento", puede elevar las miras del ser humano en su deambular por este mundo.

  A ver: siento admiración por una señorita que es sincera, sincera de verdad y no en su propia consideración; siento admiración por alguien que no le importa lo material y no en su discurso sino en sus actos. La Virgen Atea es una persona solidaria, una persona cristiana pese a no serlo, como bien indica el nombre con el que es mundialmente conocida la dueña de todos mis afanes. La mujer promedio de estos tiempos es una histérica, una idiota que no sabe lo que quiere. Ya sé: me dirán que soy un misógino y otras mierdas por el estilo. Pero no me importa. Yo soy el enemigo de lo políticamente correcto. Ya les digo: las más dicen "sí, no sé. Estoy confundida" o "necesito un tiempo". Y así ves que están con Dios y con el diablo y que se les va la vida a ella y a los suyos en estos enredos tontos de incertidumbres, sufrimientos y agonías. Observo en la mayoría de las féminas actuales falta de verdad, falta de transparencia, lealtad, fidelidad y otros valores. Y bueno, ahora aparecen los relativistas de siempre a decir que "todo es una construcción cultural". Por mí, pueden seguir fornicando con sus madres estos hijos bobos de Freud. Y de paso, se pueden comer a sus padres porque alguna tribu de no sé dónde tiene por costumbre la antropofagia. 

  Si quieren ver una película que refleje a las más de las chicas de ahora, les recomiendo 500 (Days of Summer). Ahí van a ver a la clásica histérica en acción. Bueno, además de la histeria, la contradicción, la mentira y el doble discurso, la doble moral, hay otro temita que afecta a nuestras damas, un mal diagnosticado por un gran pensador judío contemporáneo, Jacobo Winograd: "Billetera mata galán". Ya me ha pasado perder el trabajo y quedar en Pampa y la vía, como decimos los argentinos. Sí, me vas a decir que digo así por mi propio vivir. No, señor, no señora: yo manejo el método inductivo: voy por ahí acumulando casos, hago estadísticas de la decepción. No puedo entrar a darles los testimonios de vida, que son muchos, sobre los cuales hago mis relevamientos porque sería, de alguna manera, nombrar a los protagonistas de mis averiguaciones. Basta con decirles que el abandono por motivos económicos está a la orden del día.

  Vuelvo a la Virgen Atea: ya dije que no es interesada. Es una gran persona. Y no coincide en un montón de cosas conmigo. Cuando digo que ella es buena, no lo digo porque sea espejo de mis pensamientos, todo lo contrario. Es más, si leyera esto, sería la primera en criticarme por "generalizar". Pero hay que generalizar, siempre. Porque si no se generalizar, no se puede estudiar nada. Eso es la inducción. Es ciencia. No jodamos. No podemos estudiar caso por caso porque agotaríamos el tiempo de la eternidad. Y así estudiásemos caso por caso, a la hora de las conclusiones nos veríamos forzados a ir a lo general en desmedro de lo particular. Digresión metodológica al margen, mi mujer admirada, mi mujer solo en los deseos porque no es mía sino de otro muchacho, es una excepción a la regla esta de menstruaciones y mentiras que salpican a las más de nuestros días, esas que no saben lo que quieren, que son frívolas y huecas, que sólo piensan en la ropa, las apariencias y otras "mundanidades" (le regalo al Papa Francisco una nueva palabra). "Prefiero a José Larralde que a Che Guevara". Yo te la cambio: prefiero a Fabio Fusaro que a Malena Pichot. Hay mucho caretaje feminazi, mucha pavada dando vueltas. Parece que todo tiene que ver con la secta, el lobby y el color y no con la persona en sí. Por ejemplo, mucha gente idiota creía que el negro Obama iba a ser buen Presidente por ser negrito. Y fue un reverendo, reverendo hijo de puta. Esto es lo mismo: una tipa no es buena solamente por ser tipa, por haber nacido mutilada. Parece que criticar a una o a muchas es pecado. Y no es misoginia lo mío sino que es misantropía: yo voy contra ellas por pavonearse en medio de la sangre de los hombres y voy contra ellos por golpear a sus semejantes y asesinarlos solamente para honra de sus apetitos más bajos y repugnantes.

  Vamos redondeando para no ser tan cuadrados: lo que quería decir es que fijarse una vara alta es la mejor manera de escapar de las atrocidades del tiempo presente. Mirar a la Virgen Atea y contemplar sus virtudes con atención me permitió dejar de lado el atolladero de relaciones vanas que hacen sucumbir la paz social. Quiero decirles algo: las miras elevadas, el mirar siempre al sol, a Dios, te puede hacer tropezar en el andar los caminos de la Tierra. Seguro. El piso te traga si vas viendo los cielos. Pero mirar el fango te hace creer que todo es infierno de carretas atascadas y aguas estancadas. En criollo: uno luego de conocer a alguien espectacular ya no se quiere relacionar con personas mediocres, con chicas cuyo único objetivo es salir con un tipo de plata. Los vínculos se me hacen difícil porque no acepto menos, no permito que se me acerque cualquiera. Eso puede ser algo malo porque este elitismo moral e intelectual se hace carne de soledad. Sí, pero al mismo tiempo, y como dice el refrán, "mejor solo que mal acompañado". Me van a tirar con que yo digo obviedades y no es así: está muy de moda el estar por estar. Muchas parejas y parejitas se forman como una necesidad más que un deseo. Nietzsche habló de "la soledad de dos en compañía". Lo dijo en otro contexto pero me quedo con la frase. Yo veo muchas veces que hay un arrimarse en busca de calor humano y no un acercamiento en procura de amor sincero, afinidades e intereses comunes. ¿Qué le ve él a esa adolescente que nunca puede, que nunca quiere, que nunca sabe? ¿Y qué le ve ella a ese chico cuyo único interés en esta vida es descargar las bolsas de abajo? Veo chicos y chicas, hombres y mujeres que procrean una sociedad de consumismo, de mierda y de mentiras. No veo religión, literatura, ideales o conversaciones edificantes. Un paseo por el shopping todos juntos tomaditos de la mano. Y en Facebook, una lluvia de memes y mensajes llenos de faltas de ortografía. Cumbia, vino y sustancia. La decadencia de Occidente parece irreversible a partir de esta "selfie". Pero no, yo creo que en el Cid Campeador, "encarnación y honra de la raza". Chistes aparte, hay que inventarse nuevos rumbos para no reventarse en estos mundos de pena, angustia, mentiras y desidias varias. Sería una tristeza acabar y manchar la existencia por un falso sentido del pragmatismo. Como si la orden fuera que todos tienen que estar metidos en el rebaño y parir corderitos para ir al matadero del Estado y las multinacionales...

  La mediocridad existe. Lean a José Ingenieros. Yo quiero hacer del mundo un lugar mejor, no una continuación de todo lo que está mal. Hay mucho bueno por lograr, con fe, con esperanza, claro que sí. "La Revolución de la Ternura" del Papa Francisco, ese gran sciolista que gobierna el mundo. Y sí, yo creo que hay que ver un poquito más allá de lo carnal porque "es una paja" la falta de trascendencia. ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? Una mujer que no puede hablar de literatura, política o cultura en general, una mujer que no puede hablar de la vida con sensatez, no es para mí. Por otro lado, y como dije más de una vez, hay en muchas tipas de Filosofía y Letras una cierta frivolidad en el uso de Foucault y otros autores. Existen "posers" de la Academia hasta en los profesores. Así como deploro la onda oscura que suena bien fuerte en los grandes parlantes de los autos "tuneados", así también me aparto de mis colegas que son incapaces de hablar de la calle y lo que pasa, esos que no salen de sus casas de Palermo, usan las remera del "Che" y conforman el grupo de los "hippies con OSDE".

  En síntesis, prefiero mirar a mi Virgen Atea con admiración y deleite antes que tocar los barros de una mujer vulgar, mentirosa, frívola, indecisa y maleable por las amigas, la familia, los medios de comunicación y todos los demás integrantes de las redes de la corrección política. La Virgen Atea es femenina en el aspecto y viril en la conducta, es perfecta. Las cosas son sí o no, no "no sé". Yo pensaba hasta hace poco que mi chica de ensueño me había hecho mucho daño al fijarme expectativas imposibles, al subirme la vara hasta el cielo donde ella vive. Pero el tiempo me hizo dar cuenta de que mi amiga me hizo un gran favor al preservarme de las arpías, que son plaga en las grandes ciudades. Consejo para mis amigos varones que me leen con gran cariño: no se metan con cualquiera. Huyan siempre. Sean incrédulos, nunca pollerudos. Busquen lo mejor. No se queden con la primera que vean. Eviten a las que tienen un pasado pesado, a las que están llenas de hijos y ex persiguiéndolas; eviten a las que suben fotos en Facebook haciendo boquita o a las que escriben "trabajo en la cama de tu novio, cornuda". A las mujeres: digan lo que de verdad sientan y no se anden con vueltas. A todos en general: les deseo un muy buen año 2016 y una gran vida.